sábado, 26 de noviembre de 2011

El ataúd


Allí estaban, postrados frente al ataúd lúgubre de Esteban, quien había muerto hace dos días. No hubo funeral, pues querían mantener el secreto. Ellos eran cinco; los que estuvieron con él hasta el final. Después de haber muerto, lo llevaron a una funeraria, y a un constructor de ataúdes. No deseaban algo público con mucha gente viendo el ataúd en el cual yacería el cadáver. Por lo tanto decidieron ordenar la construcción de un magnífico ataúd de aspecto renacentista, bellamente decorado y sumamente suntuoso. En él, introdujeron el rígido cadáver de Esteban.
   Los cinco testigos de su triste muerte, lo acompañaron, es decir, acompañaron al ataúd hasta llevarlo a su casa. De hecho, era una inmensa y estrafalaria mansión, gótica pero afable en cierto sentido. Una vez allí, dejaron el ataúd en su cuarto, y se dispusieron a vagar deliberadamente por la mansión.
   Descubrieron una cocina repleta de comidas exquisitas, y sin andarse con miramientos, prepararon una cena digna de los mejores restaurantes; engulleron hasta no poder más. Posteriormente inspeccionaron el garaje, donde se hallaban dos majestuosos carros: un Ferrari Módena y un Lamborghini Diablo.
   Dieron paseos en ambos carros, en una demostración de rebeldía e irrespeto hacia su antiguo dueño.
   Volvieron a la mansión en horas de madrugada, ebrios. Hallaron el ataúd, abierto de par en par; los invadió un horror súbito y turbulento. Querían vociferar para liberar así su miedo, mas no lo hicieron, pues sentían que enmudecían, sentían como si estuviesen atados y petrificados.
   Esteban no se encontraba; pero el ataúd, de algún modo, los incitaba a acercarse. Uno por uno se fue encaminando al ataúd, y se insertaron en él. El ataúd se los tragaba, los devoraba, corroyendo sus esencias sustanciales.
   El ataúd tragó a Esteban, pues era un monstruo, y ahora tragaba a los demás.
   El último de ellos, Juan, sintió la presión producida por el ataúd. Caminó con paso lento, mientras un ruido amedrentador, como un rugido fantasmal, brotaba del mismísimo ataúd.
   Aunque tenía miedo, y sollozaba mentalmente, no podía evitar acercarse, pues era como una succión; como el efecto de la gravedad.
   El ataúd lo agarró y lo introdujo dentro de sí; Juan pudo ver los líquidos verdosos y nauseabundos que manaban de las puntas; sintió su hambre; olió sus gases intestinales; sufrió el dolor de que se clavasen sus dientes en su carne. Juan palideció, y finalmente, el ataúd lo devoró.
   De él, no quedaron ni sus huesos; pues el ataúd ingiere todo, sin dejar vestigio… 

2 comentarios:

  1. Muy buenos los detalles que das en el desenlace del texto. Me parece excelente la facilidad que tienes al escribir cosas tan impresionantes, sigue así amigo mio. Te doy un 10/10 por este grandioso texto.

    ResponderEliminar